Qué hago si se me quema mi vida

Forest Fire

Andrea Allegrone

Acrílico sobre lienzo

Yo trato de no ver noticias, o ver noticias que me nutran, buenas noticias, que son muchas pero muy poco anunciadas, las malas noticias tienen mucho más rating.

Pero una noticia que no pude evitar fue el incendio en los edificios de Campanar, Valencia. Y no pude evitarla porque vivo con cierta proximidad, el olor a quemado y las cenizas llegaban hasta mi casa. Luego estaba lo mediático, en cualquier lado que me metía estaba la noticia.

Como decía, trato de no ver noticias, mucho menos de tragedias, guerras, porque me suelen afectar, además, pienso, son cosas que no puedo cambiar, no puedo incidir directamente, más allá de desear que el dolor sea menor para quienes lo sufren. .

Pienso en la muerte. La muerte que me respira en la oreja, la espada de Damocles.

Pienso, erróneamente, que la muerte está muy lejos, muy tarde, que eso le pasa a otros, a mí no, a mí me vendrá cuando esté anciano.

Y no, no necesariamente, la muerte puede venir ahora mismo, mientras escribo esto, quizás ni lo termine, quede inconcluso. Puede ser mi corazón, un resbalón en el baño, o que se incendie donde vivo.

Como les ha pasado a esas personas en aquellos edificios en Valencia.

Puede ser inesperado, hasta tontamente, morir así, en casa, una tarde cualquiera, o ahora mismo.

Vivo con mi pareja y Kira, una gatita, cuando supe de esa familia, de esos chicos jóvenes, con un niño y un bebé, encerrados en un baño, esperando la muerte, me vi reflejado. Me vi a mí, a mi pareja, a Kira, encerrados en el piso, rodeado de llamas, sin poder salir… Debo reconocer que eso me afecta un montón.

Una nube nunca muere, decía Thich Nhat Hanh, una nube, cuando deja de ser nube, pasa a ser lluvia o hielo, el agua de la taza de té que tomas ahora antes era una nube.

Yo, al morir, dejaré de ser nube para ser tierra, agua, fuego, aire, espacio y conciencia, y todo se disipará, y seré la tierra donde siembres tu planta, el agua de tu café, el calor de tu abrigo, el aire que respiras, el espacio entre tú y yo (o lo que era yo) y mi conciencia… Quién sabe a donde irá.

Ante esta perspectiva me rindo, lo acepto. Un cristiano quizás se resignaría «a la voluntad de Dios». Yo, como no tengo un dios, acepto esa ley natural que para que exista la vida debe existir la muerte, y que aquello que llamamos muerte no es más que una transición a otra cosa.

Y ante esa aceptación no me queda más opción que vivir la vida que tengo en este momento, en este instante, y justo lo que vivo en este instante es lo más precioso que puedo tener, porque es mi experiencia, y no tendré más experiencias como esta. Parecidas, quizás, pero iguales nunca. Y es lo que tengo ahora.

Como diría Albert Camus: «En medio del invierno, finalmente aprendí que había en mí un verano invencible.»

Y ese verano está en mí, siempre, sólo tengo que acceder a él, en el silencio, y la aceptación.

Muchas gracias por leerme.

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